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Siete

Se acercaba el amanecer, los bares acababan de cerrar o estaban haciéndolo, delante de Wavos todo el mundo estaba o bien sentado en las mesas a lo largo de la terraza, adormilado, con las cabezas sobre gofres dietéticos o cuencos de chile vegetariano, o bien vomitando por la calle, haciendo que el tráfico de motos pequeñas resbalara en los vómitos y demás. Era finales de invierno en Gordita, pero estaba claro que no hacía el tiempo que cabía esperar. La gente comentaba entre murmullos que el verano no había llegado a la playa hasta agosto, y que ahora posiblemente el invierno no llegaría hasta la primavera. Las ráfagas de vientos de Santa Ana habían estado llevándose todo el smog del centro de L.A., como empujándolo por un embudo entre las colinas de Hollywood y Puente hacia el oeste, atravesando Gordita Beach hasta salir al mar, y la situación se prolongaba desde lo que parecían ya semanas. Los vientos de la costa habían soplado con demasiada fuerza para que se pudiera surfear bien, pero aun así los surfistas madrugaban para contemplar aquel extraño amanecer, que parecía un equivalente para la vista de la sensación que a todos les producía en la piel los vientos, el calor y los rigores del desierto, intensificada por los gases de los tubos de escape de millones de vehículos a motor que se mezclaban con la arena microfina de Mojave para refractar la luz hacia el extremo sangriento del espectro, todo tenue, escabroso y bíblico, cielos que avisaban: «Marinero, ten cuidado». Hasta los timbres del estado para el licor se despegaban sobre los tapones de las botellas de tequila en las tiendas, así de seco era el aire. Los dueños de las licorerías podían llenar esas botellas con lo que quisieran. Los reactores tomaban la dirección equivocada al despegar en el aeropuerto, y los ruidos de los motores no cruzaban el cielo por donde deberían, y así los sueños de todos estaban desajustados, eso, cuando la gente podía conciliar el sueño. En los pequeños complejos de apartamentos, el viento penetraba angostándose para silbar por los huecos de las escaleras, las rampas y los pasadizos, y las hojas de las palmeras vibraban rozándose con un sonido líquido, de manera que en el interior, en las habitaciones oscurecidas, a la luz tamizada por las persianas, resonaban como un chaparrón, el viento bramaba en la geometría de cemento, las palmeras se golpeaban entre sí con el ímpetu de un aguacero tropical, tanto como para hacerte abrir la puerta y mirar afuera, aunque por supuesto no había más que la misma densidad del día caluroso y despejado, sin lluvia a la vista.

Thomas Pynchon, “Vicio propio”, p. 116.

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