
El mes Leneón, malos días, todos fatales para los bueyes; defiéndete de él y de las heladas que aparecen terribles al soplar el Bóreas sobre la tierra, cuando en su marcha a través de Tracia criadora de caballos se insufla en el vasto ponto encrespándolo. Muge a su paso la tierra y el bosque. En los valles de las montañas derriba muchas encinas de elevada copa y gruesos pinos y los hace caer a la tierra fecunda. Entonces por todas partes resuena el bosque inmenso; las fieras tiemblan y meten su rabo bajo los genitales, incluso las que tienen la piel cubierta de lana; pero ahora el viento helado penetra también en ellas aunque sean de velludo pecho. También atraviesa la piel del buey, que no lo puede resistir, y corre igualmente a través de la cabra de largo pelo. Pero por los rebaños de ovejas ya no, gracias a sus espesas lanas, no logra meterse el soplo del viento Bóreas.
Hace encorvarse al viejo y no traspasa los poros de la doncella de piel suave que dentro de casa se queda junto a su madre, aún inexperta en los negocios de la muy dorada Afrodita; lava bien su delicada piel, la unge con brillante aceite y va a recogerse al rincón más escondido de su casa en los días de invierno, cuando el sin huesos roncha su pie en su guarida sin fuego y en su triste morada; pues el sol no le muestra pasto a donde dirigirse, sino que gira sobre los pueblos y ciudades de los negros y ya más tarde alumbra a los griegos.
Es entonces cuando los habitantes del bosque con cuernos y sin cuernos escapan rechinando sus dientes por los frondosos bosques y solo les inquieta esto en su corazón: dónde encontrarán, buscando abrigo, profundas grutas y cuevas pétreas. Entonces también los mortales, semejantes al de tres pies cuya espalda va encorvada y la cabeza mirando el suelo, semejantes a éste van de un lado para otro tratando de esquivar la blanca nieve.
En ese momento vístete para protección de tu cuerpo, según mis consejos, con un mullido manto y una cálida túnica; teje abundante lana en poca trama. Envuélvete en ella para que no te tiemble el vello ni se te erice poniéndose de punta sobre el cuerpo. Cálzate los pies con sandalias hechas de buey muerto violentamente, bien tupidas de pelos por dentro.
Al llegar a la estación de los fríos, cose con tripa de buey pieles de cabritos primogénitos para ponértelas en la espalda como protección de la lluvia. Encima de la cabeza ten un gorro de fieltro para que no se te mojen las orejas; pues gélida es la mañana cuando baja el Bóreas, y al amanecer, sobre la tierra, desde el cielo estrellado, una bruma cargada de semillas desciende hasta los campos de los bienaventurados. Ésta, saliendo de los ríos de continua corriente, se remonta a lo alto sobre la tierra en un remolino de aire, y unas veces produce lluvias al atardecer y otras se agita tempestuosamente mientras el tracio Bóreas reúne densas nubes.
Anticípate a él y regresa a casa cuando termines el trabajo, no sea que algún día te cubra desde el cielo una nube sombría y deje húmedo tu cuerpo y empapados tus vestidos.
Hesíodo, Trabajos y días, 504-557
Traducción de A. Pérez Giménez y A. Martínez Díaz