Categorías
Sin categoría

Playa terminal

El verano terminó, formalmente, cuando liquidé los siete cuentos de Siete cuentos de la patrulla pesquera y otros relatos, de Jack London, y tuvo su bonus cuando terminé los otros cuatro, es decir, los “otros relatos”. El último de la primera tanda, el que cierra el ciclo de la patrulla pesquera, tiene un pequeño epílogo que no le pertenece al cuento en sí, sino a todo el ciclo: está ahí porque no puede estar en otro lado. London se casa con la hija de Neil Partington, uno de sus compañeros de patrulla, dieciocho años después de los hechos narrados. En esos cinco renglones le pone finalmente un clavo al presente, se agarra el sombrero, camina calle arriba o por la costa, el viento sopla sobre la bahía de San Francisco.

Levanto la cabeza y miro el mar: se terminó el verano. Quiero avisarle a alguien, publicarlo en algún lado, junto con mi recientemente descubierto amor por Jack London, pero estoy convencido de que nadie quiere leer que se terminó el verano, y el librito, junto con el autor que lo escribió, son más bien un tesoro privado mío. Pienso uno o dos textos breves, tengo una foto de la tapa del libro que saqué en noviembre, cuando leí el primero en Las Brusquitas, entre el camping y la playa. Sólo avanzaba en la lectura cuando iba a la playa. Siendo que no voy mucho, terminar los once cuentos me tomó casi todo el verano. Hacia el final, la lógica se dio vuelta: ya no leía cuando iba a la playa sino que iba a la playa para leer. 

Los “otros relatos” me dieron la posibilidad de estirar la temporada más allá de mis vacaciones, volviendo a la playa cada vez. Después del encuentro final del joven Jack London con el pescador chino Pañuelo Amarillo, hay cuatro cuentos que no lo tienen de protagonista pero en los que todos los protagonistas son, de algún modo, Jack London enfrentándose a situaciones difíciles en distintos puntos del Pacífico. Las más de las veces las sortean recurriendo a su carácter profundamente yanki: la valentía de apostarse a sí mismos contra los otros y contra el mundo, yendo más allá de lo que cualquier asiático, sea chino o japonés, es capaz de jugar su individualidad. Por lo general terminan ganándose el respeto de sus adversarios. Lo atractivo de  los cuentos, más allá de esta especie de ingenuidad (no discuto la efectividad de la receta), es la confianza total de London en lo que narra. El mundo empieza y termina en una tormenta en algún punto del Mar de Bering o en el cuerpo aterido de un marinero de diecinueve años hundido hasta la frente en el barro para escapar del tipo que quiere matarlo. La escritura cree fervientemente en sí misma y eso le basta. Para leer, y sobre todo para que la lectura sea placentera, hay que pactar y desplazar la necesaria violencia por un rato: el propio relato lo propone. Las narraciones de aventuras y las viejas crónicas de viajes son tesoros de un mundo perdido, una forma literaria desprovista de comentario porque absorbe y contiene a su propio comentario. En las últimas líneas de cada relato se entrelee un “y esto es todo lo que tengo para decir”. Obedeciendo a un reflejo podríamos agregar: “¿y qué opinás de eso, Jack?”, pero ya sería una traición.

En fin, estos «otros relatos» me dieron un período de gracia que prolongó el verano hasta entrado abril y sus últimos días de sol. Se sumó también el hecho de que en marzo me mandaran a trabajar a la Villa por un par de semanas y tuviera una excusa para agarrar la costa todas las mañanas, ver el amanecer, y quedarme en alguna playa a medio camino de Camet a la salida. En el durante me reencontré con la Playa, que había perdido, estoy casi seguro, cuando tenía siete u ocho años y mamá nos llevaba todos los días desde las nueve hasta poco antes del mediodía para evitarnos insolaciones.

Las coordenadas son obvias: se trata de una cuestión de significación. Es como si a veces no pudiéramos tirarnos boca arriba en la arena y nada más. Mi playa personal, o la única playa a la que voy solo, está en Mansilla y la costa y se puede bajar por una escalera que es una columna cuadrada de hormigón con unos fierros de poste de teléfono clavados a los lados. A cien metros hay una barranca de ripio que desciende a la escollera opuesta, pero Jack London usaría la escalera.

El verano terminó, como no podía ser de otra manera, en esta playa. Era de tarde, el mar estaba liso como una tabla, no había una gota de viento, el cielo degradaba de celeste a rosa y se reflejaba en el agua con el brillo del sol flojo. Algunas familias paseaban, unos pibes jugaban cerca de la escollera. Imagino que la Bristol estaría atestada. A pesar de eso la calma era casi sobrenatural. Me había llevado impreso “Playa terminal”, de Ballard, para no fallarle a la consigna, aunque ya estirándola un poco. No recuerdo si había trabajado doble turno y andaba cerca o, en un arrebato de lucidez, decidí salir del departamento en lugar de quedarme la tarde entera marchitándome en su interior. El cuento fue quizás demasiado para mi desamparo emocional, pero en el sentido de una ropa que te queda grande. Un tipo llamado Traven lidia con la pérdida de su familia en el atolón de Einwetok, peinado hasta quedar completamente seco de vida por las pruebas nucleares del ejército yanki. No hay seres humanos en millas a la redonda y Traven deambula por entre las ruinas de hormigón y la arena con ánimo de disolverse. En una isla vacía en el medio de la nada entra cualquier cosa: bloques enormes de concreto proyectan el pasado en vez de proyectar sombra, un pilón de revistas viejas en el interior de una casamata se convierten en una cama improvisada que devuelve imágenes familiares, un cinturón de dunas extravía el mar y por lo tanto la tierra se prolonga en todas direcciones. La radio no anda o no importa hacerla andar. Ballard se regala, incluso: «la isla es un estado mental». El paisaje, como el de cualquier cosa hecha para uso humano vacía de humanos, es el de un futuro inhóspito.

El cuento incrustó en mi memoria la playa material, física, a mi alrededor, junto con la seguridad de que ya no podía estirar más el verano. Nadie tolera mucho tiempo el vacío o la isotropía, o en otras palabras: es inevitable caer del lado Ballard de las cosas. Para caer del lado London hay que salir a navegar.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar