Por John Waters

De algún modo me volví respetable. No sé cómo: la última película que dirigí tuvo unas reseñas terribles y fue calificada NC-17. Seis personas en mi agenda personal han sido sentenciadas a prisión perpetua. Hice una obra llamada Twelve assholes and a dirty foot, compuesta de primeros planos de películas porno, y un museo la tiene ahora en su colección permanente. Nadie se indignó. ¿Qué carajo pasó?
Solía ser despreciado pero ahora me piden que dé discursos inaugurales en universidades prestigiosas, que asista a retrospectivas en la Film Society del Lincoln Center y el British Film Insitute, e incluso el gobierno francés me dio una medalla por «fomentar las artes en Francia» ¡Esta madurez torcida me está volviendo loco!
De repente, la peor cosa que puede pasarle a una persona creativa me pasó a mí: soy aceptado. ¿Como puedo «luchar» cuando mis películas que alguna vez fueron under ahora son totalmente accesibles? Incluso Multiple maniacs fue remasterizada con derechos y todo y lanzada de nuevo en cines por Janus Films, distribuidora original de las películas de Godard y Truffaut, por Dios ¡Pasaron Pink flamingos en televisión! ¿Cómo puedo quejarme de que mis películas son difíciles de ver cuando Warner Bros tiene los derechos de varias de ellas y Criterion, la más sofisticada de las distribuidoras de DVD, está restaurando algunas de mis más rústicas atrocidades de celuloide? Incluso el MOMA tiene ahora en su colección elementos de mis viejas películas en 8mm que nunca fueron estrenadas formalmente, y, por favor, siete de los libros que escribí siguen imprimiéndose y dos de ellos se volvieron best sellers del New York Times. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo?
Ya ni siquiera puedo interpretar al artista arruinado. De hecho, he tenido amigos por cincuenta años y algunas de mis cenas de negocios no son deducibles de impuestos -la señal de realmente estar teniendo una vida exitosa. Toquen madera, gozo de buena salud. Dios mío, tengo setenta y tres años y mis sueños se han hecho realidad ¿No les dan ganas de vomitar?
El éxito no es el enemigo que podés pensar cuando sos joven, pero si viene muy rápido puede ser un problema de primer orden. Sí, deberías entrar un poco en pánico si tus delirantes primeros trabajos son recibidos con seriedad sin ningún tipo de resistencia inicial, pero también deberías saber que ser un artista muerto de hambre es una idea caduca. No hay nada malo en ganar dinero con algo que amás. Podés ser feliz y trastornado y aun así triunfar, te lo juro.
Pero supongamos que así y todo fracasás, luchando sin éxito por encontrar tu propia voz. Deberías preguntarte: ¿Soy la única persona en el mundo que piensa que lo que hago es importante? Si la respuesta es sí, bueno, estás en problemas. Necesitás dos personas que piensen que lo que hacés está bueno: vos y alguien más (no tu madre). Una vez que tengas seguidores, no importa cuán pocos, tu carrera puede arrancar, y si hacés el suficiente ruido las puertas van a empezar a abrirse, y entonces, y solo entonces, podés caer en un lunático complejo de superioridad.
Nunca me equivoco -si no pregúntenle a Joan Rivers- bueno, en realidad no pueden, porque está muerta, pero cuando estaba viva le presenté a alguien luego de que lo viéramos actuar en Provincetown y ella le dijo «¿Estás con John?». Cuando él le dijo que sí, ella le aconsejó: «Solo hacé todo lo que él te diga». Joan sabía que yo era infalible. Lo sabía más que bien.
En primer lugar, aceptá que hay algo mal en vos. Es un buen principio. Algo siempre estuvo mal en mí también. Formamos parte de un club de raros, un colectivo de marginales que están orgullosos de juntarse. Hay un alegre camino a la ruina allá afuera y, si me dejás ser tu garbage guru, te voy a enseñar cómo tener éxito en la locura y tener tu propia autoestima bajo control. Los desórdenes de personalidad no son algo para despreciar.
Estar loco de una forma feliz y creativa empieza y termina con tu familia. No importa que tanto trates, a medida que envejecés, te convertís en una versión retorcida de tu madre y padre. No, no es justo. Pero lamentablemente no podés elegir la casa en la que vas a nacer, así que tomalo como un cartón de bingo: a veces te toca el ganador, otras veces tenés que improvisar, canjear tarjetas e incluso hacer trampa para no perder. Así son las cosas.
Los niños no pueden exigir una buena paternidad o maternidad más de lo que sus padres pueden exigir que se los enorgullezca. Yo tuve suerte. Mi mamá y papá foguearon mis sueños desde el principio, incluso cuando debieron estar asustados de su primogénito, que llegó seis semanas adelantado -un prematuro. Un bebé de tacita. Un nenito con los cables un poco cruzados, transgrediendo las reglas desde el inicio, adelantado a la hora de su nacimiento y listo para rodar. Quizás fui bautizado demasiadas veces, despojado de mi revestimiento interior de pecado original. Hay una sola cosa mala con el bebé de los Waters: ¡Está vivo!
Algunos años después, todas las mañanas de camino al colegio, me deslizaba hacia abajo por las escaleras de la casa de mi familia pretendiendo que era la pintura del Desnudo bajando una escalera, sobre la que había leído en la revista Life. “¿Qué te pasa, nene?” farfullaría mi papá, confuso con razón. “¿No escuchaste nada sobre Duchamp, necio?”, pensaría yo con altivez, sin explicar jamás en voz alta las raíces de mi comportamiento fantasioso. Mis padres no sobrerreaccionaban, sólo respiraban hondo y abrían un poco más la cabeza.
Pero imaginá que tu mamá y papá sí se asustaban. Eso no significa que tengas que castigarte repitiendo sus humillaciones por el resto de tu vida. Tené presente que todas las infancias son traicioneras, seguidas por años de adolescencia con todavía más torturas. Ser adulto debería, finalmente, ser un alivio. No te quemes la cabeza por el resto de tu vida pensando en cómo vengarte de tus padres: maravillate por el hecho de que ellos eran incluso más neuróticos de lo que vos sos ahora. Se necesitan dos personas para un tango bizarro, así que: ¿por qué no bailar?
Original en The Paris Review, 21 de mayo de 2019